"...
El dolor me agarrota los músculos, me contrae el estómago, me eriza los pelos de la piel, me da náuseas, me hace vomitar y llorar y gemir y aullar sin yo quererlo. ¿Es lo que querías saber? Pues bien, ya lo sabes. Cuando una vez me preguntaste qué sentía ante una enfermedad, no quise contestarte. Me pareció morbosa la pregunta y más morbosa la respuesta. No pensaba que pudiera interesarte excepto por compasión hacia mí o por distraerte con algo en los últimos minutos que compartíamos juntos.
(...)
El dolor no se explica. Se dice, se compara, se intenta adjetivar, se mide, se calcula y , sobre todo, se padece y, por suerte, se olvida. Es un hecho. Uno intenta recomponer esos minutos, esas largas horas en euq el dolor vino a tu cuerpo, y no puedes reconstruirlo, darle forma. Es imposible. Puedes escribir imaginando de nuevo cómo era cuando llegó, pero no sabes dar con las palabras que lo revivan tal y como es. Recuerdas las inyecciones, las pastillas, el abrazo o la mano en tu frente; el sueño que te llegaba como si fuera un bálsamo y el olor a agua oxigenada, a yodo, a cloroformo, a leche agria... Nada más. Recuerdas que lloraste, que guardaste la ropa del armario, que doblaste todo y lo metiste en cajas y en maletas para distraerlo; recuerdas que era invierno y que caminaste sin parar durante días para calmarlo, pero nada más.
Nadie puede explicar el dolor en todo su rigor. Es imposible. Hay que sentirlo para poder hablar sobe él, y aún así, hay una dificultad evidente para hacerlo con palabras. Y cuando alguien viene a ti para explicártelo, da igual. Tampoco puedes entenderlo. Haces que lo reconoces y aparentas saber cómo es para consolar al otro, pero no es cierto. Nadie puede.
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