Cuando era chica, tenía derecho y tanta ignorancia como ahora, era tajante, taxativa, indiscutible, contundente, concluyente, invariable, terca. Me gustaba lo que me gustaba y lo que no, me producía nauseas, vómitos, y ardorosos discursos panfletarios en contra.

Ahora que soy más chica aún, con menos derecho y la misma ignorancia, tajante, taxativa, indiscutible, contundente, concluyente, invariable, terca-mente proclamo que me equivoqué.

Que me gusta el rosa, que le sienta bien al color de mi piel, que no me agrede ni provoca arcadas, sino que me calma. Que de no decirme nada el azul, he pasado a bañarme en él, a respirarlo cada mañana. Que si antes me gustó el otoño, ahora estoy totalmente amorada del verano, que lloro ya mismo por su ausencia en los ratos que la luna ocupa el lugar al sol (no voy a perder tiempo las horas del día, eso no). Rectifico el recelo hacia ciertas palabras, me reconcilio con el continente de algunos sentimientos, y me declaro tanto de sal como de azúcar...

Espero que me perdonen los ofendidos pero he de asumir que soy una veleta, que no me salva aquello de "de sabios es rectificar", porque, vuelvo a presumir: cada día sé menos.