Fiesta Mayor de primavera en la ciudad. Uno de los espectáculos de esa noche, prometía. El gran, magnífico, genial... Pepe Rubianes presentaba uno de sus monólogos. La hora de representación no era muy adecuada para ir con las niñas (las once de la noche), pero aún así mi esposa y yo decidimos presenciarlo con ellas. Total, al día siguiente podían dormir todo lo que quisieran. Y el tiempo era magnífico.
La función estuvo muy por encima de nuestras expectativas. Nos reímos tanto que, cuando terminó, la barriga nos dolía.
De regreso a casa, yendo por uno de los caminos del parque, vi que la gente que iba delante giraba la cabeza en un determinado punto y cuchicheaba. Así que, en cuanto llegamos a ese lugar, ladeé rápidamente la mirada con el fin de que el gesto pasara desapercibido para mi hija mayor. Pero la niña me vio e hizo lo mismo.
Ahí, tumbados en el césped de aquel parterre que el seto lateral no cubría totalmente, bajo la luz de las farolas, había una parejita semidesnuda dando rienda suelta al "subidón" hormonal propio de la edad y la época.
Unos pasos más allá me miró y me preguntó: "Papá, ¿qué hacen?".
"Glupss..." "Y ahora qué le digo"-pensé. Mi mujer y yo nos miramos y, sin pensarlo le respondí: "Jugar, hija, jugar...". Ella me miró fijamente y asintió con un sencillo "Ah...", como diciendo: entiendo. Pero su angelical rostro reflejaba un mar de dudas. No sé en qué pensaría, solo siguió andando sin decir palabra.