Eran los años 50. Lima era una ciudad cuyos linderos no eran muy extensos y se diría circulares, ya que la urbe concluía a la vuelta de la esquina. Vamos, era una ciudad pequeña y dirachera, donde los embustes y chismes volaban como las palomas al llegar el otoño. Era muy entretenido vivir en Lima y más en aquel entonces donde se propiciaban golpes de estado organizados por los militares de turno; se construian grandes edificios que hasta hoy perduran y la vida era, si se quiere, más cómoda ya que los inventos comenzaban a pulular en la joya del Pacífico: la televisión, la radio, la lavadora, los equipos de sonido, todo aparecía de golpe y eso hacía que los peruanos del interior del país ansiarán entrar a Lima y quedarse en ella para siempre.

En el campo no era igual. En cambio, en el campo peruano, donde se cultivaba los productos que luego satisfacerían el apetito limeño, en los dadivosos años 50, los campesinos vivían en otra galaxia, en otra esfera. Creo, que ni siquiera existían para el Perú oficial, salvo en algunos relatos y cuentos de la incipiente literatura peruana y en ese enjundioso tratado de José Carlos Mariátegui que se hacía llamar "el problema del indio". Y vaya que los indios y campesinos tenían problemas: no había colegios, ni postas médicas, ni lugares donde hacer deporte o compartir momentos agradables. No se sabía leer ni escribir y el campesino era mirado con compasión por hacendados y latifundistas que si bien es cierto, hacían muy productiva la tierra, explotaban al campesino y a su familia hasta agotarlo. En una de esas tierras, en el valeroso Cusco, en las provincias de Limatambo y Urcos, nacieron, y pasaron su infancia y parte de su adolescencia, Lucio y Graciela.

Escapar era la consigna. Ambos, aprendieron, comprendieron, se enteraron, que más allá, la ciudad de Lima les ofrecía un mejor futuro. Y sus padres con buen agrado decidieron que emigrar a Lima, era lo mejor que podían hacer. O se escapaba de esa miseria trepando a un misérrimo autobús que los llevaría a Lima, o se quedaban en esas provincias a ser parte de ellas como lo es un ladrillo de una pared, una gota en el río o un número gris en un cuaderno del Registro Civil. Y optaron por la aventura, por el autoexilio. El escape era la única opción vigente, y con pequeños atados de ropa, algo de alimento y una despedida fugaz, acabaron, viniendo de distintos senderos, en la Lima de los 50, que los acogió con indiferencia. (continuara)