No salía el Sol por el oeste, tampoco por el este, sur, y no miré al norte, un ligero mareo me obligó a sentarme de nuevo. ¿Qué hora sería?. Estaba convencido de que la luz ya no volvería.
Pasaron segundos eternos, minutos, horas, días, meses interminables en los que no aparecía el Sol. Los alimentos frescos escaseaban en casa, su podredumbre me permitía llevar un cálculo aproximado del tiempo.
La amnesia y la apatía se apoderaban de mí poco a poco, como lo había hecho la oscuridad.
Un día recibí una llamada y la voz me resultó conocida, agradable, cálida como el hogar en día frío de invierno. “Abre la ventana” me dijo. Así lo hice tras dudar un momento y como si de volver a nacer se tratase, allí salió el Sol regándome de vida y comenzó por fin el día.