Estaba cortando el limón en rodajas finas, no demasiado, para aderezar las copas de licor. Una fina pátina de jugo empapaba sus manos, resplandecientes bajo los focos de la noche.

El brillo de sus ojos no era especial aquella noche. Simplemente vería el espectáculo, como tantas otras noches había visto el extraño desfile. Sólo que aquella noche participaría de él como nunca había siquiera imaginado.

Yo estuve allí y lo ví todo, con la consciencia, siempre a posteriori, de estar presenciando un hecho cotidiano, histórico. Nada ocurrió lejos, en el horizonte se escondió la luna y le sucedió el sol, como tantas otras veces había sucedido.