Cómo hoy estoy algo descansada, o todo lo que una puede decir que está descansada después de haber bregado con dos adolescentes, tres gatos (uno de ellos menopáusico ) una perra lunática y un cajero cabrón, os voy a relatar ciertas curiosidades laborales, que se gestan dentro de mi particular puesto de trabajo.
No soy funcionária.Tampoco abogada.Ni siquiera soy chófer de algún alto cargo del estado.Soy cocinera.Sí, cocinera.Esa, la que os da de comer cuando a ustedes no os da la gana de cocinar para vuestra prole y decís en tono meloso a vuestro maridito "Antoñito, amor mío...¿ y si nos vamos a comer al restorán ese de la esquina, que me han dicho que se come de maravilla ?Así de paso, a los niños les da el aire".El aire les daría yo a los niños y no sería con viento precisamente.Y Antoñito ya podría decir a su mujercita "Carmencita, hija, no se te pasa por tu cabecita, que lo que tu maridito quiere es almorzar en casa y hecharse una siestecita mientras ve la pelicula de Antena 3 ?"
Pues no, Carmencita no piensa.O piensa, pero es lo contrario de lo que piensa su Antoñito.Y todos van con paso decidido al restorán de la esquina, quiera o no quiera Antoñito, porque la que manda, es Carmencita y esta, no tiene ganas de guisar ni de fregar ollas.A lo que iba, que desvarío.
La hostelería siempre ha llamado a mi puerta.O mejor dicho, siempre he llamado yo a la puerta de la hostelería.Soy de esa generación en la que hemos aprendido un oficio, porque a tu madre se le ocurrió cierto día abrir un bar y enseñarte los placeres de una barra.Aún no levantaba un palmo del suelo y ya sabía hacer cafés.También tengo la cierta gracia, de que la diosa genética, tan generosa ella, haya incluído entre mis genes el don de saber mezclar hierbitas, sacar jugo a una buena carne o hacer un caldo que es capaz de levantar a un muerto.
Por causa y efecto, hace unos años fui a parar a trabajar a un restaurante vegetariano.No.No soy vegetariana y no tengo entre mi lista de deseos el hacermelo, pero había que trabajar y en aquél momento, fue lo que se me ofreció y no le hice ascos.Me enseñaron a marinar el tofú, a hacer al punto el seitán y a ser capaz de hacer una mayonesa con leche de soja.El gazpacho y el ajo blanco no hizo falta que me enseñaran.Quince años viviendo en Andalucía, avalaban mi buen hacer con los tomates, el pepino o las almendras.No es una cocina complicada, acaso rutinaria, pues no hay mucho que hacer si no hay materia prima en suficientes cantidades.Y también porque tienes un jefe que no te deja volar la imaginación y que puedas acoplar recetas tradicionales a las que él demanda, obviamente sin carne o pescado.Le enseñas alguna receta y te dice que no, que con guisantes no, porque no le gusta los guisantes.Esta otra tampoco, porque las coles dan gases.Aquella tampoco, porque la castaña está cara.Pues tus muertos hijo mío, que mi imaginación es amplia, pero tiene un límite.
El cliente que va al restaurante, es un cliente en términos generales, algo enfermizo, apagado, con falta de voluntad en el apetito y con ciertos desvaríos en la sesera, seguramente causado por la falta de la proteína cárnica y no cárnica.
En general, son clientes que vienen del más allá o que van hacía allá, que son capaces de pasarte energía cuando la necesitas con solo poner su mano sobre tu cabeza o hacen trabajos de terapia en grupo para encontrar su chakra, porque este anda perdido en el limbo y hay que encontrarlo sí o sí, no vaya a ser que se extravíe eternamente y uno no sepa hacer el trámite de irse de este mundo sin él.Porque hay que ir al otro mundo acompañada del chakra, de ahí que se tenga que buscarlo.
El cliente que va, te enseña.Es una fuente de sabiduría eterna.Nunca dejas de aprender con ellos.Yo misma el otro día, aprendí que el vegetariano viene de Egipto, deducción lógica del cliente al ver los cuadros expuestos.Y no es broma, es tan real como que ahora misma estoy respirando.Claro que si no respirara, no estaría aquí escribiendo.
En el restaurante, como somos así de lúdicos, aparte de tener como pianista a un dandy venido a menos, hacemos exposiciones de artistas, los cuáles solo los conoce su madre y nadie les viene a ver, pero de esa manera, se cambia la decoración cada equis tiempo y sin gasto alguno para el bolsillo del jefe.Esta semana ha tocado viajar hasta el lejano Egipto y nos han colocado unos cuadros la mar de monos, enseñando todas las virtudes de los antiguos Faraones.Un cliente, por deducción logística la suya, al verlos, llegó a la conclusión (el solito, la novia no intervino para nada en sus conclusiones) que el vegetariano provenía de la antigua civilización egipcía.Sí rey, y el hombre proviene del bar mas cercano.
También tenemos clientes que se preocupan sobremanera sobre la procedencia de nuestros productos gallinácios, dicese los huevos.Hay una señora que no come huevos, si no tiene la certeza absoluta de que estos, vienen de gallinas felices.Ante tal preocupación, no me quedó otra que decirle que no se preocupara por ellas, pues estas estaban bien acogidas en su gallinero, con paja de lujo para que pudieran parir los huevos y que todas las mañanas, las despertaban con Las cuatros estaciones de Vivaldi, para que se fueran culturizando, porque hasta la gallina mas puta, tiene derecho a ser culta.
El cliente que va, es experto en gastronomía, ya sea esta nacional como internacional y de golpe y porrazo, son capaces de cambiar las recetas de toda la vida.El ajo blanco ya no lleva ajo (como su nombre indica) y la lasaña, no lleva como ingrediente principal, láminas de pasta.
Yo ante este panorama, hay veces que me entra la neura de cortarme las venas y que después limpien ellos la sangre.Lástima que no tenga vocación de mártir.
De mis compañeros...eso es otro cantar, que da para escribir otro artículo y no quiero yo aburrir, de nuestras peripecias internas.