La primera bofetada le llegó por culpa de la sopa, que estaba demasiado caliente.Tan sorprendida quedó por tal acto, que nada dijo y le perdonó la falta en la intimidad de su cama cuando él, con galantía y mimo, le dijo que eso no volvería a suceder; no sabía que le había pasado, estaba de mal humor por culpa del trabajo, perdoname amor mío.Ella le perdonó con un abrazo y un beso.
La segunda vez, la cogió por lo pelos nada más entrar por la puerta de la calle.
- ¿ Dónde estabas, puta ?
Se asustó.Su mente se quedó en blanco y no sabía que decir, mientras él le arrastraba al sofá y como bienvenida, le dio dos bofetones.
Luego, una vez más en la intimidad, vino el perdón, el abrazo y el beso, esta vez, con sabor a hiel.
Ya no hubo paz.Aprendió a maquillar la verguenza y se hizo maestra en el despiste; tropezé con las escaleras; me dí con el quicio de la puerta; me resbalé en el baño.
Con el tiempo, dejó el trabajo porque él así se lo dijo; con mi sueldo tenemos más que suficiente y no hace falta que andes por ahí mendigando unos euros, tú trabajo está aquí en la casa.Y ella así lo hizo.

Como sabía que no le gustaba sus amistades, las fue dejando de lado poco a poco, hasta que dejó de verlas, para que de ese modo, él viera, que era lo más importante de su vida y que ella le quería. Incluso dejó de ir a casa de sus padres, pues sabía que no le hacía mucha gracia y así, evitaba las preguntas del porqué de ese moratón.Por las mañanas, se veía en el espejo y este le devolvía la imagen de otra persona.Ella siempre había sido alegre, feliz.Le gustaba conversar con sus amigos, hacer cosas y ahora, hablaba en susurros consigo misma.La persona que estaba en el espejo, era una persona triste, solitaria, con la mirada vacía.No le gustaba que le recordase en tono jocoso, lo gorda que se había puesto.Era cierto, sí.Aún no se había recuperado del parto y secretamente, acudía a un gimnasio, para estar como antes del nacimiento de la niña y para que él, se sintiera orgulloso de ella, para que la siguiera amando y ella seguiría siendo su princesa.Era lógico que él perdiera la paciencia con ella.En ocasiones se comportaba como una niña caprichosa, exigiendo un poco de atención, sin pensar que él estaba cansado del trabajo y tenía en la cabeza muchas preocupaciones.
Las ocho de la tarde, era la hora en que la cerradura daba el aviso de su llegada y el momento de los pasos ligeros, del miedo oculto, del silencio por palabra.Incluso la niña, a su temprana edad, sabía que no era hora de llorar.
Un día, mientras cenaban, ella comentó tímidamente, que le gustaría ver un musical ; lo había visto anunciado en televisión y le pareció una buena idea el ir a verlo los dos juntos.
Él se puso furioso.Se levantó de la silla y de un golpe, la tiró al suelo.Ella no entendía nada.Nada había dicho de malo y nada había hecho.Le preguntó el porqué.
- ¿ Y aún te atreves a preguntar el porqué, puta ?
Descargó sobre ella todo el amor prometido.Sus puños no paraban de acariciar su cara, demostrando de esa manera, el cariño que le tenía.Las patadas alcanzaban su objetivo con facilidad, haciendo el amor, dejandola exhausta.La niña, desde su sillita veía ese amor desmesurado hacía su madre, sin entender que el amor, no sabe de formas, ni maneras.
Ella ya no sentía nada.Cada patada, cada puño, alcanzaban su cuerpo pero no su mente, que en ese momento, viajaba a los recuerdos, de un tiempo, en el que ella, era su princesa
Lo último que escuchó, fueron las sirenas de la ambulancia.