La relación del hombre con el fuego siempre ha tenido connotaciones divinas. Prometeo es el ejemplo mitológico de la necesidad humana de poseer lo celestial, lo que es tan poderoso e indispensable, tan mágico, que sólo lo pueden controlar los seres omnipotentes.

Los hombres, presuntuosos del control adquirido gracias a su arrojo para correr riesgos innecesarios, manipulan al fuego, juegan con él, lo retan cínicos como si su poder no los atemorizara; lo introducen en sus gargantas y acarician con las manos, son temerarios absurdos que entregan arte a cambio de admiración de los precavidos.

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