Tres adolescentes son colgados vivos de un puente atestado de regios, es “hora pico”. Meticulosamente, otros niños les prenden fuego y les disparan más que risas burlonas desde abajo. Todo un público los observa desde sus autos, aterrados e impotentes, acostumbrados a ignorarlos. Uno de los colgados cae al suelo y, aún en llamas, intenta escapar, le disparan y ahí terminan sus doce años por el mundo. Parten en camionetas de lujo y con ello despejan la vía, se reanuda el viaje de los espectadores.

Una bailarina exótica de origen brasileño es asesinada y abandonada en un callejón. Es bellísima, parece dormida. Bajo la sábana que la cubre está un cuerpo mutilado, vulnerado en su belleza. Le dispararon y cercenaron uno de sus pezones. La dejaron allí, a un costado de la carretera libre a Mazatlán, entre matorrales y una bodega de semillas. Los policías la observan como depravados, con una curiosidad sucia y nada profesional.

El primer ejemplo es real, pasó y yo estaba a unos metros de allí, no vi nada; el segundo es ficticio, emergido de la imaginación de un escritor sinaloense, Élmer Mendoza, y narrada en su novela “La prueba del ácido”...

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