La gente llegaba una a una a la Arena Monterrey que, iluminada por dentro, se veía transparente. Eran las ocho de la noche del viernes 9 de marzo del 2012; faltaba sólo una hora para el inicio del concierto de Santana y aún no se veía más alboroto que el hecho por los revendedores de boletos que los negociaban a más del doble de su precio original y el provocado por los gritos de los vendedores chilangos con su mercancía ad hoc en venta: “A treinta varos el dvd del concierto, quince minutos después de que acabe se lo tenemos, güerita”. No lo compré; no hizo falta.

En la entrada general, la poca afluencia de personas permitía una seguridad meticulosa: al menos siete vigilantes exploraban bolsas y personas con detectores de metales. En el acceso para los balcones era otra cosa: Una joven veinteañera, acompañada de un vigilante de la tercera edad, recibía los boletos y revisaba insegura a quien pasaba para evitar la entrada de armas y cámaras fotográficas. Dos cámaras digitales, un lente especial para una de ellas y un paraguas (al menos) entraron por allí al recinto sin ser detectados.

El escenario se veía pequeño pero detalladamente desde las butacas del balcón. La batería de Dennis Chambers se hizo notar con ese tomtom volador atornillado entre sus platillos (lo que confirmaba que tocaría él y no Cindy Blackman, la esposa del guitarrista jaliciense y alguna vez baterista de Lenny Kravitz); le acompañaban timbales del lado izquierdo, congas del derecho y frente a ellas dos teclados colocados en ángulo de 90° entre sí; todos con estampado de tigre adornándolos. El escenario solo y con luces tenues azules. Abajo cinco guitarras enfiladas en un soporte esperaban ser tocadas mientras a su alrededor los técnicos movían cables y afinaban instrumentos. Carlos sólo complacería a una de ellas, la anaranjada con rayado sutil café.

La mayoría de los asientos vacíos se compensaban por la sobrepoblación en los baños y puestos de palomitas y cervezas que, a pesar de su inverosímil precio de 75 pesos, se vendían a borbotones. Son las nueve ya, por las puertas entran filas gordas de gente buscando su lugar y meneando entre las cabezas los vasos de “a litro” llenos del dorado líquido; mientras un video sobre las medidas de seguridad en caso de evacuación es presentado en el cubo de pantallas gigantes que cuelga del techo y en otra, aún más grande, detrás del escenario. Las nueve con cinco: llueven chiflidos desesperados. Apagan la luz y el público se complace, grita y se calla pronto. El reloj marca las nueve con diez y el concierto empieza.

Nubes de humo rojo se alzan del escenario, imágenes de gotas cayendo en agua plateada concuerdan con los sonidos de campanillas que silencian al público extasiado. Chambers musicaliza con un solo la entrada de los demás músicos que llegan de a uno para integrarse al ritmo. El último es Santana. Retumba la Arena con los gritos y aplausos de la masa de aproximadamente ocho mil personas que pagaron al menos 382 pesos por verlo (50 centavos de dólar, por boleto, se designarían a Fundación Milagro, creada por el músico en 1998 como apoyo para niños con escasos recursos).

Con su sombrero “insignia” en color azabache, camisa del mismo color con su apellido escrito en la parte trasera en plateado y un chaleco atigrado (del que se deshizo a la tercera canción), así como pantalón de cuero igualmente negro, el guitarrista de 65 años tocó con los ocho músicos en escena su versión de “Back in black” canción de la banda de metal AC/DC; en las voces: Tony “la pantera negra” Lindsay y Andy Vargas. Así empezaba una velada que duraría tres horas repletas de estruendo, ritmos latinos, baladas e intervenciones constantes del mexicano para expresar comentarios tan delirantes como su música.

“Black magic woman” fue la segunda canción en escucharse. Tres minutos y medio de preludio plagado de percusiones y guitarra con pocos efectos, le abrieron camino a un arreglo suave con dejos de blues que se asomaban en las voces aterciopeladas y roncas de los vocalistas. Llega aquí el primer solo de Santana con pocas pretensiones, apegado al de la versión original de la canción. Un destello de luces introduce sin receso a “Oye cómo va”, una de las canciones más populares del guitarrista que se daría a conocer en la década de los años sesenta y que, según la revista Rolling Stone, se encuentra en el lugar 15 de los mejores del mundo; yo discrepo, pero ese es otro asunto.

La gente bailando en sus lugares y otros de pie, en el área sin gradas, zarandéandose en evidente estado de éxtasis y con afán de protagonismo. “¡Devuélveme el amor a la vida!” gritó en varias ocasiones mi vecino de asiento, quien disimulaba su aprecio por el artista llamándole “¡zángano!”; quizá lo que disimulaba, al aplaudirle, era su desprecio, no sé.

En su primera de cinco intervenciones, Santana dijo en un español tambaleante: “Buenas noches Monterrey, ¿por qué están tan calmados? ¿Se la tronaron o what happened? A nosotros nos gusta la barulla. Entre más energía, más se siente el espíritu santo”, la audiencia gritó y aplaudió histérica dejando escuchar sólo un grito despistado de alguien pidiendo “Oye cómo va”, “¿Pues dónde estabas? La acabamos de tocar, no mames güey” contestó riéndose el guitarrista.

Como preludio de “María María”, Santana, pseudohippie de derecha, expresó su apoyo a que exista en México una presidente mujer; los aplausos se dividieron y yo preferí indignarme, me arruinó los primeros minutos de la canción y quise gritarle “zángano” también. En subsecuentes intervenciones, Carlos apoyó la legalización de la marihuana como método para terminar la violencia y brutalidad, “nadie se mata por una Corona o una Tecate, ni por tequila. A ver, levante la mano el que está de acuerdo”, yo diría que el 90% de los asistentes la levantó. También elogió las altas montañas de Nuevo León y las piernas “de vértigo” de las regias; su frase más reiterativa: “Dios te hizo a su semejanza y por eso somos sólo amor y luz, amor y luz, amor y luz…”.

De forma impredecible, por lo incongruente con sus comentarios anteriores y con cualquier otra cosa, el guitarrista dijo: “Que los vegetarianos dejen de rezar y se pongan a vacilar” leyéndolo de un papel que traía doblado en un bolsillo, lo guardó y comenzó “Europa”. A continuación “Foo foo” que tuvo, al igual que otras de las canciones, participación de Bill Ortiz en la trompeta y Jeff Cressman en el trombón; le siguieron “Samba pa’ ti”, “Duende”, “Jingo”, “Batuca” y “Corazón espinado” que hizo originalmente con colaboración de Maná, fue la más coreada por el público.

Los juegos de luces robóticas, que se agrupaban en tonos cálidos y fríos, acompañaban el ritmo y melodía de cada una de las 23 interpretadas, los primeros para las canciones más latinas y los segundos para las baladas. Durante todo el concierto imágenes de los videos originales, de niños y mujeres bailando, así como la transmisión simultánea de lo que ocurría en el concierto, se proyectaron en las pantallas.

Disimularon el cierre del concierto con la multipremiada “Smooth”. El escenario se vació al mismo tiempo que parte del público salía del recinto, se apagaron las luces (excepto las de colores) y al llamado de la audiencia regresaron a tocar “Soul sacrifice” para luego, ahora sí, concluir con la canción que lo daría a conocer internacionalmente después de tocarla en Woodstock: “Peace and happiness”. Los músicos fueron presentados por Santana a lo que siguió un solo de cada uno, el primero a cargo de Tommy Anthony segunda guitarra y vocalista. Salieron definitivamente al encenderse las luces, justo a las 12:00.

En menos de tres minutos se vació el lugar y se llenaron el estacionamiento y la calle. Los puestos de hot dogs vendieron al mayoreo, los recuerditos con el nombre, logotipo e imagen del famoso se agotaron y los revendedores cambiaron de profesión: ahora atraían clientela a los taxistas, quienes aumentaron sus tarifas: “$100 es la mínima compi”, decían a quien preguntara. Me alejé lo suficiente como para que el precio mínimo fueran los 50 pesos que me quedaban y me retiré, con un zumbido en los oídos y el corazón acelerado por la satisfacción. Pagar dos pesos por minuto de música de Santana no fue tanto, después de todo. Paulatinamente la calle quedó sola, “An evening with Santana” terminó.











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