El pensamiento de Epicuro y de Lucrecio está cercano a la actual visión científica del mundo:

- Todo consta de partículas invisibles y eternas, infinitas en número, limitadas en forma y tamaño, moviéndose en un vacío infinito.

- El universo no tiene creador. Todo surge como consecuencia de un cambio de rumbo que es la fuente del libre albedrío.

- La naturaleza experimenta sin cesar.

- El universo no fue creado para los humanos ni alrededor de ellos.

- Los humanos no son seres únicos.

- La sociedad humana no comenzó en el paraíso, sino en una lucha primigenia por la supervivencia.

- El alma muere.

- No existe el más allá.

- Tras la muerte no habrá nada: ni placer ni dolor, ni deseo ni miedo.

- Todas las religiones organizadas son ilusiones supersticiosas e invariablemente crueles.

- No hay ángeles, ni demonios ni fantasmas.

- El fin supremo de la vida humana es potenciar el placer y reducir el dolor. El gran obstáculo al placer no es el dolor, sino las ilusiones.

Quedémonos con esta última idea de Epicuro, que no era el libertino depravado que pintaba la Iglesia, sino un filósofo que identificaba placer con moderación, nunca con exceso, y cuya vida fue sencilla y ejemplar.