Hay veces, como en hay, que la hache no se siente, ni molesta ni incomoda ni causa estragos mayores. Pero hay veces que -aún sin sonido- es de una estridencia tremenda y si se junta con vocales imprudentes acabamos por tener una palabra fea, que nos hace mover la boca con confusión, como si besáramos para luego sonreirnos a medias y acabar lanzando un beso cortito que se siente más bien forzado.

Quizá sea una exageración pero no me gusta la palabra huevo que es hasta difícil de pronunciar. Ese diptongo me molesta y lo sé, suena a neurosis, pero no se imaginan cuanto me alegra que por fin ha finalizado el terrorismo de revoltillo al que hemos sido sometidos por las pasadas semanas. Huevos pintados, de plástico, rellenos de chocolate, huevos para cocinar, así nomás, huevos para criar pollitos rebeldes.

Ni hablar de las connotaciones horrendas que los machos del mundo usan cuando se agarran lo que se agarran sin ningún sentido del pudor o de esa noción que sentencia que tener huevos, es tener valor, proteina pura y dura que pone el mundo a correr. Confío más en los ovarios, huevos que tienen erre y vocales mejor administradas.

El punto es que hay palabras que nos invaden la boca, que nos rellenan la concavidad con algo que gusta o disgusta. Hablar es como comer, probamos, digerimos y hacemos una versión propia del recetario. En este caso del vocabulario que tiene letras que aseguran no sonar a nada, como no saber a nada, pero dejan una estela en la boca capaz de alterar la receta.

Hoy comeré huevos, porque me gustan, pero sigo diciendo que huevo es una palabra fea...Y ustedes ¿Qué dicen?