Este es un cuadro que me ha fascinado desde la primera vez que lo vi en el Museo del Prado. Se trata de una tela que representa a Marte, dios de la guerra, y que fue realizado en 1640, por un Velázquez estilísticamente maduro (lo que a veces lleva a datarlo en fechas posteriores) y que es una maravilla por distintos motivos.

Uno de ellos es la magnífica técnica utilizada por Velázquez, que recuerda las obras de Rubens por el uso de colores suntuosos, vitales. La cara, ensombrecida por el casco, es la zona menos trabajada, apenas unas pinceladas superficiales que resaltan las luces y sombras, así como la sensación de atmósfera. En general, la técnica es libre, de pinceladas sueltas, vivas y enérgicas, que difuminan los detalles resaltando el conjunto, y muestran un total dominio de los efectos de claroscuro y del color. En estos momentos, Velázquez ya es capaz de pintar el aire, de dar vida al cuadro.

Otro motivo que hace excepcional este cuadro es que es uno de los pocos cuadros mitológicos del Barroco español, bajo el dominio de la Contrarreforma, tiempo en el que raramente se tocaban temas al margen de la religión. Velázquez escapó de esta norma por ser pintor de palacio y tener una cierta influencia sobre el rey, Felipe IV. Otro maestro que hizo pintura mitológica fue Zurbarán, que por encargo de Velázquez (para el Salón de Reinos) realizó, con mucha menor fortuna, los Trabajos de Hércules.

Además, este Marte admite interpretaciones variadas. Nos muestra un hombre que ya no es joven, semidesnudo, de enorme bigote (¿no os recuerda a Alatriste?) y cubierto con un casco, que está sentado al borde de una cama con las ropas desordenadas, y a cuyos pies yacen sus armas. La postura que adopta, pensativo, con una mano en la barbilla, recuerda a la de la escultura que Miguel Ángel hizo de Lorenzo el Magnífico (Il Pensieroso) para su capilla funeraria en Florencia. Ahora bien: ¿qué le hace adoptar esa actitud? Son diversas las interpretaciones.

La primera interpretación sería en clave mitológica: Marte reflexiona tras el episodio de sus amores con Venus, a juzgar por la cara de perplejidad, resignación y tristeza que tiene. El gesto ha sido perfectamente captado por el pintor, mostrándonos su facilidad para mostrar el alma de sus personajes. Vulcano, tras ser informado de los amores entre su mujer, Afrodita, y Marte, elaboró una malla de plata invisible e irrompible para sorprender y atrapar a los amantes y que los demás dioses del Olimpo, avisados por él, contemplaran el enredo, con la consiguiente burla que esto traería para los adúlteros. En el cuadro, todo esto ya ha ocurrido, Venus ha huido, avergonzada por ser objeto de la burla, y Marte aparece desconcertado, aturdido y derrotado. Todo un dios de la guerra... derrotado por un herrero cojo. Esta interpretación es bastante plausible ya que Velázquez, además de un pintor excepcional, era un hombre muy culto que conocía muy bien las obras de los clásicos, en este caso la de Ovidio, quien narró esta historia en las Metamorfosis (libro más que recomendable, por cierto).

Otra visión del cuadro habla de una burla que Velázquez realizaría de los temas paganos, y que tienen como telón de fondo las tesis artísticas de la Contrarreforma, de carácter moralizante. Sin embargo, a la vista de otras obras mitológicas de Velázquez, y de la dignidad que emana de esta y otras figuras mitológicas, esta propuesta no parece muy plausible.

Por último, también hay quienes (como Camón Aznar o Angulo, eminencias ambos en el conocimiento de la pintura de Velázquez) interpretan este cuadro como una referencia a las derrotas de los ejércitos españoles en las guerras que se producían en los Países Bajos, y de soslayo, al carácter español. Durante el reinado de Felipe IV, los tercios españoles estaban siendo vapuleados en Flandes (como cuenta Pérez-Reverte... maravillosamente), pero aún se mantenían en pie valores y defectos que definirán al hombre español y que, en cierto modo, perduran en el tiempo. Así, Marte derrotado reflejaría a un militar español del momento que mantiene su dignidad en la adversidad, su sentido del honor, la aceptación del destino que le toca vivir.

Sin embargo, ese sentido del honor tiene un doble filo, pues provocaría que en España se diera importancia capital a conceptos como la limpieza de sangre, la hidalguía o la nobleza, llevando a los nobles a considerarse por encima de los demás y a creerse merecer más de lo que tenían no por lo qué hacen ni por lo que saben, sino por lo que son por nacimiento. Y a los que no eran nobles, les inclinaría a intentar adquirir la nobleza por el medio que fuera.

¡Cuánto daño no habrán hecho a lo largo de los siglos estas pretensiones de nobleza! El futuro desarrollo español se vio seriamente limitado por esta pretensión de ennoblecimiento de todos, frente al mundo protestante que buscaba su valía en el trabajo, en la industriosidad, en construir algo, y no en esperar que todo les llegara caído del cielo. La Historia está repleta de personajes que tras trabajar duramente y conseguir un capital, lo dilapidaban en buscar tan sólo el ennoblecimiento social. Aún hoy todos conocemos personas que se creen más que los demás debido a su origen, gentes que consideran denigrantes ciertos trabajos, que piensan que ser de un sitio concreto es un valor añadido, o que se creen por encima del bien y del mal, blindados ante la vida.

Incluso el propio Velázquez sucumbió ante tales aspiraciones: sus deseos de ennoblecimiento (propio y, de paso, de la pintura) le llevaron a supeditar toda su vida a la consecución de esa posición social. De hecho, cuando finalmente consiguió ser nombrado Caballero de la Orden de Santiago, modificó Las Meninas para pintarse en el pecho la cruz del apóstol: toda una actitud. Así pues, si alguien del nivel moral e intelectual de Velázquez estaba dominado por este sentimiento, qué no ocurriría entre los militares, funcionarios reales, grandes terratenientes…

Y aunque podría parecer improbable que Velázquez, teniendo en cuenta su posición en la corte, su relación con Felipe IV y sus deseos de ennoblecimiento, hiciera un cuadro que cuestionara el honor de los afamados tercios de Flandes, su inteligencia y su inigualable calidad artística consiguieron que esta intención, si es que realmente existió en ese cuadro, no levantase ninguna ampolla.

Pero a pesar de todo, la interpretación que más me seduce a mí, es la mitológica: el gran Marte, dios de la guerra, incapaz de controlarse ante la belleza de una mujer, acaba siendo ridiculizado por el feo y cojo dios herrero que le hace objeto de escarnio por sus colegas. Todo un símbolo... incluso hoy.