perro de caza 2 Siempre me gustó cazar. El frío de la mañana cortándote la cara, el olor del monte llenándote el pecho, la luz del amanecer cegándote. Es emocionante estar al acecho de cualquier ruido que delate a mi presa. El silencio. Sí, el silencio. No hay que espantar a los conejos haciendo ruidos. Son animales estúpidos que merecen morir, pero aun así, si sienten movimientos, huyen.

Aunque acabo de comprarme una superpuesta de 70 centímetros de cañón, todavía conservo la vieja paralela de mi padre: una escopeta clásica con la culata y el antebrazo de madera labrada. Una joya que, de vez en cuando, en ocasiones especiales, aún uso. Hoy la llevo. Me apetecía recordar a mi padre.

Me gusta andar por el campo junto a Rusty, abrigado, con la escopeta al hombro, sin nadie a quien tener que soportar, sin aguantar órdenes, ni esquivar miradas… Cuando voy de caza me siento libre. Es el único momento de mi vida en que me siento así. No tengo que escuchar a los pedantes ridículos del trabajo que se creen más que nadie porque van de traje y corbata; ni el constante murmullo de Susi quejándose por todo a todas horas; ni la murga de los niños que, aunque son mis hijos, son insoportables. Maldita la hora en que hice caso a mi mujer y los tuvimos. Así que, en cuanto puedo, me abrigo bien, cojo mi escopeta, silbo a Rusty… y al monte, a perseguir conejos. Rusty adora el campo. Es un lebrel enjuto y seco, que aunque tiene ocho años, aún necesita correr. Pocos animales he visto tan fieros ante una presa; incluso ha habido veces que ha dejado las piezas tan destrozadas por las dentelladas que he tenido que dejarlas allí. Pero me es fiel, el que más.

Nunca he cazado venados ni guarros: con mi sueldo de mierda, que se pierde en hipoteca, niños y otras gilipolleces, no puedo pagar una montería. Pero algún día, no sé ni cómo ni cuándo, conseguiré los seis mil euros que me cuesta un puesto. Y ya puede Susi ponerse como quiera, que ni vacaciones para todos, ni coche, ni casa, ni nada: me iré de montería, cazaré un ciervo o un jabalí y pondré el trofeo en el centro del salón. Y si a Susi no le gusta, que se joda, también es mi casa, ¿no? Aunque no lo parezca. Todo lleno de figuritas de cristal, cojines, plantas secas, alfombras de colores, telenovelas, mantitas de sofá, mesitas de esquina, cedés de Pablo Alborán y Rosario, posavasos… ¡Qué coño! Pues claro que no parece mi casa… aunque la pague todos los meses. Y yo tengo que dejar las escopetas en el trastero, en una esquina, metidas en su funda y tapadas por un trapo, porque a Susi le asusta que los niños las puedan coger. ¿Pero qué van a coger semejantes memos que ni limpiarse los mocos saben? Sí, son mis hijos, pero no los soporto. Su madre los ha convertido en unos seres insulsos, tanta contemplación, tanto cuidado, tanto beso y tanto mimo. A mí ni mi padre ni mi madre me besaban. Y aquí estoy, sin tantas chorradas. Claro que a estos dos, si no fuera porque no quiero pelear otra vez con Susi, les quitaba yo la tontería a hostia limpia.

Menos mal que cuando aparco el coche, pongo el pie sobre la tierra y enciendo un cigarro… toda esa mierda se esfuma. El frío de la madrugada mezclado con el humo me llena los pulmones. Abro la puerta de atrás y suelto a Rusty que corre a lo loco al principio, hasta que se desfoga y vuelve a mi lado. Empezamos a andar juntos con pasos firmes; yo, mirando dónde piso sin perder de vista el horizonte; él, olisqueando el aire, intuyendo la sangre.

Hoy no es mi día. La puntería me ha fallado, se ha puesto a diluviar y los limpias, rotos. Así que me vuelvo antes de lo habitual, con las manos vacías y de mala hostia. Pocas cosas me joden más que volver sin nada después de una mañana de acecho. Tres vueltas por el barrio para, al final, aparcar a tomar por saco. Qué mierda de domingo. Pensar en subir a casa me da acidez, así que me paro dónde Ángel a tomar un carajillo bien cargado, seguido de otro… y otro más mientras hablamos de la última derrota del Madrid. Hay que joderse, con la pasta que ganan, que les cueste tanto ganar. Sería cerca de la una cuando decidí subir a casa, a dejar la escopeta y a dar a Rusty algo de comer, que ya andaba gruñendo, antes de irme a tomar el aperitivo con los amigos.

Me costó meter la llave en la cerradura. Lógico, con esta mierda de día. Silencio. ¿Silencio? Me preguntó dónde estarán los críos. Jugando en la calle, seguro que no: su madre no los deja bajar solos. No sé por qué no llamé a Susi al entrar como suelo hacer. Sería por el extraño silencio. Siempre que vuelvo hay ruidos: los videojuegos de los niños, la tele, los cacharros en la cocina. Pero hoy, nada. Sólo silencio. Hasta el perro notó algo raro porque, alerta y callado, no se movió de mi lado.

Sin soltar la escopeta recorrí el pasillo, camino del salón. Miré a la derecha y vi que no había nadie en la cocina y que todo estaba perfectamente recogido. A la una de la tarde, la hora en la que Susi está siempre preparando la comida. Paella. Como todos los domingos. Rarísimo. Llegué al salón. Perfecto, nada fuera de su lugar: los cojines, los adornitos, la manta. Entonces escuché un rumor que venía de la habitación. De mi habitación, la que comparto con Susi desde hace once años. Se me revolvieron las tripas. No sé por qué, pero se me revolvieron. Dudé si volver a irme o si seguir. Agucé el oído, como en el monte. El rumor se convirtió en leves roces de telas, en algo parecido a gemidos. Tenía que haberme ido, joder.

Rusty se puso en posición de alerta. Él también había escuchado lo mismo que yo. Seguí hasta la puerta del dormitorio y los ruidos se hicieron más evidentes. Dudé si entrar. Sabía lo que iba a encontrarme, lo estaba oyendo: mi mujer poniéndome los cuernos. Joder, joder, joder. La muy puta. Pero lo que, de verdad, me intrigaba era quién querría follarse a esa zorra. Aun así, dudé. Al final, abrí la puerta.

Allí estaban. El cabrón del vecino del cuarto. Un idiota del quince. Pero, ¿no podía haber elegido a otro menos imbécil para ponerme los cuernos? Si es que ni poner los cuernos sabía, la muy hija de puta. Un mamarracho melindroso, de los de buenos días, por saludarnos, que hay que ver qué tiempo tan malo; de los de déjeme, señora, que le ayude con las bolsas; de los de vaya, chaval, y qué tal te ha ido el examen de mates… Un perfecto gilipollas. Y ése se estaba tirando a mi mujer en mi cama. Ni se dieron cuenta de que abrí la puerta hasta que Rusty gruñó. Entonces me vieron. Con la escopeta en la mano. Nunca he visto a nadie tan acojonado. Intentaron taparse con las sábanas, como si eso les fuera a proteger. Los observé, palpé su miedo de presas atrapadas, el pánico con el que se les enredó la ropa dejándose desnudos la una al otro (joder, pero si el muy cabrón tenía una polla enorme), el pavor con el que me miraban. Me sentí poderoso. Estaban en mis manos: podía hacer lo que me diera la gana con ellos. Empezaron a suplicar. Susi, histérica; el cabrón, intentando conciliar. Rusty cada vez gruñía más: los quejidos le alteraban. Cargué la escopeta. Gritos histéricos llenaron la habitación. Apunté. Los chillidos lo inundaron todo. Miré a Rusty y le hice un gesto con la cabeza señalándole la cama. Sus gruñidos se convirtieron en ladridos. Bajé la escopeta y, cuando Rusty dejó de ladrar, cerré la puerta por fuera. De nuevo, silencio.