Siempre que pienso que los señores del pepé no pueden hacer cosas peores... me sorprenden. Ahora les toca hacer de abanderados del catolicismo convirtiéndose en los voceros de la conferencia episcopal. Todo para cumplir una promesa que iba en su programa electoral. Hay que joderse la poquísima vergüenza que tienen.

Resulta que la única promesa electoral que piensan cumplir es la que se inmiscuye en la vida íntima (pocas cosas más íntimas que el derecho a decidir si queremos -o no- ser madres) de las mujeres, intentando volver a tiempos en los que no teníamos poder de decisión ni siquiera sobre nuestros propios cuerpos.

Comprendería que dieran consignas a sus feligreses, a sus seguidores, a sus simpatizantes, pero... ¿por qué los demás hemos de regirnos por la moral de una institución en la que no creemos y que, en muchos casos, es absolutamente reprobable? ¿No sería mejor que se ocuparan de la moral de sus pastores pederastas, violadores o ladrones en lugar de intentar imponernos a los que no creemos en ellos ni en su fe lo que hemos o no hemos de hacer? ¿Como se atreven?

De verdad que tengo una hartura, una indignación, una mala hostia... por no hablar de un creciente temor al avance de lo más reaccionario de la sociedad.