Si a mí, hace casi 28 años, cuando estaba esperando la llegada de mi primera ahijada con esa emoción única que supone el nacimiento la primera criatura de los amigos (y no unos amigos cualquiera, sino mis amigos más queridos), me dicen que con el correr del tiempo íbamos a compartir un concierto de heavy metal, no me lo hubiera creído. Pero el caso es que así ha sido.

El sábado, mi ahijada, Sonia, y su chico, Jesús (al que también he adoptado de ahijado: lo bueno hay que cogerlo al vuelo y este chico es de lo mejor), se vinieron a Segovia al concierto que dio allí Lujuria. La foto que pongo la hicieron ellos.



Aprovechando el buen tiempo (¡por fin!) pasamos la tarde tomando cervecitas en terracitas de la ciudad y charlando. Qué alegría da ver que los niños que has tenido siempre cerca se convierten en hombres y mujeres tan estupendos, tan inteligentes, tan agradables... Y qué lujo que, pese a los 28 años que nos separan, les apetezca compartir cañas y conversación con alguien que generacionalmente les pilla tan lejos. La verdad es que fue uno de esos días buenos, buenos, que uno vive muy pocas veces.

Por cierto, no es que a mí la música heavy metal me guste mucho más que en aquellos tiempos en los que mi ahijada abría sus ojos tan chiquitos, pero lo que son las cosas, se ha colado en mi vida un rockero que lleva más de 20 años en eso del “metal” y que me ha mostrado un mundo completamente desconocido… y que también me ha sorprendido muy agradablemente: no por la música (que sigue siendo demasiado fuerte para mí), sino por la gente: absolutamente encantadores todos (aunque apostaría a que si ellos leyeran esto de tildarles de “encantadores” les daría un pasmo, jeje).

Si es que, cuanto más tiempo pasa, más me doy cuenta de que la vida es una caja llena de sorpresas: eso sí, hay que atreverse a abrirla.