La sorpresa se debía a la falta de respuesta a mis reiterados llamados a la puerta, pero no tardé en calmarme pensando que fuera quien fuese seguramente acababa de despertarse de una profunda siesta y, ya con mucha mayor tranquilidad, recibí el sonido chirriante de la escalera acusando a alguien que descendía por ella. Eran pasos firmes, aunque parecían trasmitir algo de cautela. Por mi parte había tenido la precaución de cerrar tras de mí la puerta de la habitación en la que ahora me encontraba. Se produjo un silencio al otro lado de la puerta, tiempo en el que seguramente quien fuese se dedicaba a examinar la bicicleta que había dejado apoyada contra la pared. Luego escuché un familiar movimiento en el picaporte y vi como la puerta se abría.
Por ella apareció alguien con una apariencia tan peculiar que si no la recibí con un grito de asombro fue debido a mi muy esmerada y controlada educación. Se trataba de un anciano de barba canosa, vestido sólo con andrajos, pero con un rostro y un porte que inspiraban admiración y respeto. Medía no menos de un metro noventa y pese a su aspecto general y a la clara miseria en que se encontraba, era de complexión fuerte y casi deportiva. Oculta por una barba que le cubría totalmente las mejillas, la piel de su cara mostraba un tinte extraordinariamente rosado y casi no tenía arrugas. Los ojos azules, ligeramente empañados en sangre, eran de una notable vivacidad y proyectaban miradas de honda intensidad. De no ser por su apariencia bizarra, el hombre hubiese impuesto su porte distinguido y su excepcional contextura física. Precisamente, el aspecto estrafalario era el que lo contaminaba irremediablemente con un aire repulsivo. No es posible describir lo que en otro tiempo había constituido su vestimenta, ahora reducida a un montón de jirones que caían sobre un par de botas de caña. Tampoco es posible dar cuenta del grado de suciedad de toda su persona.
Todo ello, más el miedo instintivo que me poseía desde antes de su llegada, produjo en mí un sentimiento de hostilidad hacia el anciano. Sin embargo, fue una gran sorpresa verlo, en abierta contradicción con su aspecto y con los sentimientos que experimentaba, como me invitaba con un elegante gesto a que tomara asiento y dirigirse en voz débil, pero muy agradable, para expresarme su respetuosa hospitalidad. Manejaba un idioma particular, una especie de variante del dialecto yanqui a la que suponía extinguida hacía mucho tiempo y que ahora encontraba ocasión de estudiar, mientras conversábamos tranquilamente frente a frente. -¿Lo sorprendió la lluvia?- inició la conversación. Afortunadamente se hallaba cerca de la casa. Supongo que debí haber estado dormido… De lo contrario, lo habría escuchado… No soy joven y necesito dormir muchas horas todos los días. ¿Va muy lejos? No es mucha la gente que pasa por ese camino desde que suprimieron la diligencia de Arkham.
Le dije que efectivamente me dirigía a Arkham y me disculpé por haber irrumpido de aquel modo en su casa. El anciano volvió a hablar.
-Me alegra verlo, caballero. Son muy pocas las caras nuevas que suelen verse por aquí y no hay mucho con qué entretenerse. Supongo que usted es de Boston. Nunca estuve allí, pero soy capaz de distinguir a alguien de esa ciudad con sólo verle. En el 84 tuvimos un maestro para todo el distrito, pero un día se fue y nadie volvió a saber de él.
El anciano soltó una especie de risa contenida y no me respondió sobre la causa de la misma al preguntarle yo. Parecía de muy buen humor, pero evidenciaba las excentricidades propias de alguien con su apariencia. Durante un rato siguió hablando solo, como si encontrara un señalado placer en ello, hasta que se me ocurrió preguntarle cómo había llegado hasta sus manos un libro tan raro como el Regnum Congo de Pigafetta. Aún no me había recobrado del asombro que me produjo encontrar aquel volumen allí y por algunos momentos había contenido mis deseos de hablar acerca de ello, pero finalmente mi curiosidad triunfó por encima de todas las demás aprensiones. Afortunadamente, la pregunta no supuso el ingreso a algún tema embarazoso para mi anfitrión, quien se entregó a una locuaz explicación.
-¿El libro africano? Se lo cambié al capitán Ebenezer Holt, creo que en el año 68, antes que él muriera en la guerra, por algún objeto que ahora no recuerdo.
El nombre Ebenezer Holt hizo que prestara atención de inmediato. Durante mis pesquisas genealógicas me había topado con aquel nombre, pero no había podido encontrar datos precisos acerca de él desde los tiempos de la Revolución. Se me ocurrió que aquel hombre podría ayudarme en la ubicación de esos datos, pero decidí aplazar la pregunta para después. Mientras tanto, él continuaba con su relato:
-Ebenezer navegó durante muchos años en una nave mercante de Salem y no había puerto donde anclara en el que no se encaprichara con alguna bendita rareza. Me parece que este libro lo había adquirido en Londres. Le gustaba mucho visitar las tiendas para comprar estas cosas. Cierta vez visité su casa en las montañas, donde había ido a vender caballos, y vi este libro. Me gustaron mucho los grabados y le propuse cambiárselo. Es un libro muy raro. Veámoslo… Necesito mis lentes…
El anciano introdujo una mano entre sus harapos y de allí sacó un par de lentes mugrientos e increíblemente antiguos, de aquellos con pequeñas lentes octogonales y patillas de acero. Se las caló, tomó con sumo cuidado el libro y se puso a pasar las páginas.
-Ebenezer podía leer este libro. Está en latín. ¿Lo sabía? Dos o tres maestros me leyeron algunas partes, el reverendo Clark, de quien se rumorea que murió ahogado en la laguna, también me leyó algo… ¿Usted entiende lo que dice?
Le dije que sí y para corroborarlo le traduje un fragmento del principio. Tal vez cometí algunos errores, pero el anciano no era ningún latinista que pudiera corregirme. Además, parecía encantado con mi versión. Su cercanía se iba intensificando y, al mismo tiempo, haciéndoseme cada vez más insoportable, pero no se me ocurría modo alguno de recuperar la distancia sin que se sintiera ofendido. Me regocijaba el infantil entusiasmo de aquel anciano ignorante ante los grabados de un libro que no podía leer; me preguntaba si acaso sabría leer los libros en inglés que estaban sobre el estante. Reparé en esa sencillez y de pronto sentí como ridículos todos los temores que había estado alentando.
-Es curioso como los grabados pueden hacerlo pensar a uno. Veamos, por ejemplo, éste que está al comienzo. ¿Ha visto usted alguna vez árboles más grandes que éstos, con hojas tan enormes colgando de las ramas? Y estos hombres…, no pueden ser negros…, da la impresión que fueran indios, a pesar que están en África. Algunos de estos seres que están aquí miran como si fuesen monos, o medio monos y medio hombres. Nunca oí de nada parecido a esto- dijo señalando una extraña criatura que semejaba un dragón con cabeza de lagarto.
-Sin embargo, todavía no hemos visto el mejor de todos. Veamos, está por aquí, en la mitad del libro…- su hablar se volvió más pastoso y sus ojos se encendieron con un extraño brillo. El libro se abrió inevitablemente en la página que contenía la Lámina XII.Me volvió a asaltar la sensación de intranquilidad, aunque traté que ella no se reflejara en mi rostro. Volví a mirarla y comprobé que lo realmente curioso era que el artista había dibujado a los africanos como si se tratase de hombres blancos. De las paredes del establecimiento colgaban piernas y brazos, en un espectáculo ciertamente repugnante, mientras que el carnicero, hacha en mano contribuía al clímax. No obstante, mientras a mí aquel cuadro me horrorizaba, al anciano, en cambio, le encantaba.
-¿Qué le parece? ¿A que nunca ha visto nada parecido? Apenas lo vi, le dije a Eb Holt que era algo como para calentarle la sangre a uno. Cuando leo en las Escrituras acerca de matanzas- la de los medianitas, por ejemplo -me imagino escenas así. Aquí está todo lo que se precisa para imaginárselo. Tal vez sea pecado, pero, ¿acaso no vivimos todos en pecado? Cada vez que veo a este hombre cortado en pedazos siento como un hormigueo que me recorre todo el cuerpo. No puedo apartar la vista del grabado. ¿Ve cómo el carnicero cortó los pies de un solo hachazo? Sobre el banco está la cabeza y un brazo; el otro está más lejos…
En su peculiar lengua, el anciano era poseído por un siniestro éxtasis, su velluda cara cobró una intensa expresividad, pero curiosamente el tono de su voz iba desvaneciéndose. Por mi parte, era un mar de sensaciones encontradas. Había vuelto a sentir todo el terror que difusa e intermitentemente me había rondado desde que vi la casa, produciéndome un fuerte rechazo hacia aquella abominable criatura que tenía a mi lado. No podía comprender la locura y la perversión de la que hacía ostentación, pero lo que más me estremecía era su voz, que ahora no pasaba de ser un ronco susurro mucho más horrible que cualquier aullido.
-Realmente, es muy curiosa la capacidad de los grabados para hacerlo pensar a uno. Me refiero a éste, joven. Cuando Eb me dio el libro solía entregarme a mirarlo muy a menudo, especialmente después que el empelucado reverendo Clark despotricaba todos los domingos. Si no se asusta, joven, me permitiré contarle una travesura que se me ocurrió cierta vez. Antes de sacrificar las ovejas para venderlas en el mercado, acostumbraba mirar el grabado. Era mucho más agradable matar las ovejas luego de mirarlo…
La voz del anciano continuaba adelgazándose; por momentos no podía oír algunas de sus palabras que eran tapadas por el ruido de la lluvia o por el golpeteo de algunas maderas sueltas. Súbitamente se descargó el ruido de un rayo, fenómeno ciertamente extraño para la época del año en que nos encontrábamos. El resplandor primero y el ruido a continuación produjo el estremecimiento hasta de los cimientos de la casa. Sin embargo, el anciano, totalmente abstraído en su relato, parecía no haberlo advertido.
-Matar ovejas era muy agradable… ¿sabe usted?…, pero no era tan agradable. Es verdaderamente extraño como uno llega a entusiasmarse con un grabado. Confío en que usted no revelará lo que voy a decirle. Le juro por Dios que veía el grabado y se me desataba un hambre de alimentos que no podía comprar ni cultivar…, no se ponga nervioso… ¿le sucede algo? Después de todo no hice nada… Sólo me preguntaba qué habría sucedido de haberlo hecho… Se dice que la carne es buena para el cuerpo humano, que renueva la vida, así que me preguntaba si el hombre no podría prolongar mucho más su vida si se diese a consumir una carne más parecida a la suya…
En este punto el susurro del anciano se extinguió completamente. La interrupción no se debió al terror que evidentemente yo no podía disimular, ni a la tempestad cada vez más furiosa. La razón estuvo dada por un hecho mucho más sencillo, aunque extraordinario.
Frente a nosotros se hallaba el libro abierto, naturalmente con el abominable grabado mirando hacia arriba. Al pronunciar el anciano la frase más parecida a la suya, se oyó un sutil goteo sobre el papel amarillento del grabado. En un principio pensé que se trataría de una gotera que se había filtrado por alguna de las tantas grietas del techo, pero la lluvia no es roja. Sobre la carnicería de los caníbales de Anzique refulgía una pequeña gota de color rojo que agregaba una intensidad adicional al ya de por sí espantoso detalle. Fue al ver esa gota que el anciano dejó de hablar; de inmediato alzó la cabeza dirigiendo la mirada al piso de la habitación de la que había bajado un rato antes.
Acompañé la trayectoria de su mirada y exactamente encima de nosotros vi una gran mancha irregular de una sustancia húmeda y carmesí que parecía ir expandiéndose a medida que la mirada continuaba posada sobre ella. Permanecí inmóvil y en silencio donde me encontraba, pero sin poder aguantar el espectáculo cerré los ojos. Instantes después oí cómo se descargaba otro descomunal rayo, que esta vez acertó de lleno en la casa haciéndola saltar por los aires y disipando para siempre sus inextricables secretos. También derramó el olvido, que permitió la salvación de mi mente.

H.P. Lovecraft