edificio16 Los aficionados al horror suelen buscar los sitios llenos de misterio pero lejanos, como las catacumbas de Ptolomeo o los magníficos mausoleos de tantas partes. Preferentemente a la luz de la luna, se entregan a trepar a las ruinosas torres de los castillos del Rhin o a transitar tambaleantes entre las lóbregas escaleras repletas de telarañas que aún subsisten entre los restos de algunas ciudades asiáticas. Sus templos son los bosques encantados o las montañas inaccesibles y sus reliquias están dadas por los horribles monolitos que se levantan en islas despobladas. Sin embargo, para el verdadero sensual del horror, aquél que ante un estremecimiento nuevo puede llegar a sentir justificada toda una existencia, las viejas y solitarias granjas de Nueva Inglaterra son particularmente atractivas, puesto que es allí donde se produce la combinación precisa de elementos tales como la fantasía, la soledad, lo ignorado y la presencia de fuerzas sombrías que en conjunto pueden producir altas cumbres de lo tenebroso.
Los paisajes más interesantes, en este sentido, son necesariamente aquellos que se encuentran a gran distancia de los caminos más transitados, donde se levantan pequeñas casas sin pintar, casi siempre recubiertas de hiedra y ocultas bajo alguna ladera agreste o algún peñasco gigantesco. Han estado allí a veces por más de doscientos años viendo sucesivas generaciones de árboles inmensos o de viboreantes enredaderas. Actualmente ha triunfado la vegetación, que casi las ha devorado amortajándolas con su verdosa sombra; sin embargo, sobreviven pequeñas ventanas, por lo general de guillotina, como si fueran ojos que parpadean agobiados por la imposibilidad de expresar todo lo que saben. En esas casas han vivido decenas de gentes de las más diversas layas y de las más variadas procedencias. Fanatizados en oscuras creencias que los obligaron a apartarse de sus congéneres, ellos y sus descendientes buscaron en esos páramos cierta libertad para entregarse a sus raras actividades. Los hijos encontraron ciertamente las facilidades que buscaban y se desarrollaron al margen de cualquiera de las compunciones que les habría impuesto la sociedad, pero en cambio debieron soportar un lamentable servilismo impuesto por el siniestro culto que se había posesionado de su imaginación. Marginados completamente de los avances de la civilización, toda la tecnología de estos curiosos puritanos provenía de desarrollos autóctonos. El aislamiento, su patológica autorrepresión y la implacable lucha contra un medio inhóspito, dibujaron rasgos sombríos sobre los ya de por sí oscuros trazos de su ancestral ascendencia septentrional. Esencialmente prácticos y necesariamente austeros, éstos no eran hombres que se solazaran en el pecado. Expuestos al error, como cualquier mortal, su peculiar código moral los obligaba a encubrirlo y así llegó el momento en que fueron completamente incapaces de identificar lo que encubrían. Sólo las deshabitadas casas, insomnes y majestuosas, en apartadas y frondosas regiones, albergan lo que desde tiempos inmemoriales permanece oculto. Pero habitualmente se muestran poco dispuestas a sacudir su letargo y tornarse comunicativas. Ciertas veces, al contemplarlas, uno siente que lo que mejor podría hacerse con ellas es demolerlas de una buena vez.
Una tarde de noviembre de 1896, mientras paseaba por la zona, se desató un aguacero tan furioso que me vi obligado a buscar refugio en una de estas casas semiderruidas por el tiempo. En verdad, hacía ya algún tiempo que recorría la región aledaña al valle de Miskatonic en procura de cierta información genealógica y en virtud de la geografía del lugar y de la propia índole de mis movimientos, pese a la época del año, había decidido servirme de una bicicleta. De este modo, la tarde en cuestión me había encontrado en un camino de aspecto abandonado, por el que me había aventurado creyéndolo el atajo más conveniente para ir hasta Arkham. En este tránsito, cuando me encontraba en el punto más alejado de cualquier pueblo, el cielo pareció derrumbarse en un violento diluvio y no tuve otra alternativa que correr hacia un ruinoso edificio de madera que surgió en mi reducido campo visual. Flanqueada por dos enormes olmos ya casi sin hojas y recostada contra un cerro rocoso, desde un primer momento la casa no me inspiró ninguna confianza. Las empañadas ventanas, como taimados ojos entrecerrados, los cimientos aún con la mayor solidez y las paredes exteriores bastante enteras, significaban elementos básicos que se correspondían con otros tantos que aparecían en leyendas que había recogido en mis investigaciones y que me predisponían contra lugares como al que entonces debía recurrir. En efecto, la fuerza de la tempestad era tal que no tuve más que desechar mis aprensiones, lanzar la bicicleta por la pendiente enmarañada de malezas que llevaba hasta la casa y así pronto me encontré ante la puerta que, de cerca, mostraba una gran sugerencia.
Llegué con la convicción que no podía tratarse sino de una casa abandonada, pero al estar frente a ella, algunos indicios, por ejemplo los senderos cubiertos de maleza pero no desdibujados, me hicieron pensar que el lugar no se encontraba totalmente abandonado. Por eso, en vez de abrir la puerta sin más, opté por golpear cautelosamente; mientras tanto se iba apoderando de mí una ansiedad cuyas fuentes no sabría explicar. De pie sobre la roca que hacía las veces de escalón de entrada, me dediqué a examinar las ventanas que tan mal me habían impresionado desde lejos y pude comprobar que, pese al deterioro del tiempo y a la mugre que las cubría, ni los marcos ni los vidrios estaban rotos. Evidencia adicional para mi sospecha que pese al abandono y al aislamiento, la casa debía estar habitada. Sin embargo, los golpes en la puerta no tenían la menor respuesta. Volví a golpear en la puerta y tras una prudente espera, que también resultó infructuosa, me decidí a hacer girar el oxidado picaporte; sin demasiada sorpresa advertí que la puerta estaba destrabada. Ingresé a un vestíbulo pequeño, de cuyas paredes se desprendía el yeso. A través de la puerta se deslizaba un olor especialmente desagradable. Aún con la bicicleta en la mano, ya en el interior, cerré la puerta tras de mí. Descubrí una escalera angosta que terminaba en una también estrecha puerta y que, sin duda, debía llevar al sótano. A la izquierda y a la derecha se veían otras tantas puertas que debían comunicar con las otras habitaciones de la planta baja.
Apoyé la bicicleta contra la pared, abrí la puerta de la izquierda e ingresé a una habitación pequeña, de techo muy bajo, iluminada por dos ventanas con vidrios casi opacos por el polvo y las telarañas, y prácticamente sin muebles. Parecía haber sido una sala de estar, si se tenía en cuenta el mobiliario constituido por una mesa, algunas sillas y una gran chimenea sobre cuya repisa se veía un antiguo reloj del que aún se oía el tic-tac. Había algunos libros, aunque la difusa luz que llegaba hasta aquel lugar me impedía leer sus títulos. Me resultaba interesante lo arcaico que se respiraba en cualquiera de los detalles de aquel lugar. Estaba acostumbrado a encontrar abundantes reliquias del pasado en las casas de la región, pero aquí era impresionante la presencia de lo antiguo; por ejemplo, en la habitación donde me encontraba no había un solo objeto que correspondiera a una fecha posterior a la Revolución. Pese a la modestia del mobiliario, aquella casa hubiese sido el paraíso de un coleccionista.
La animadversión que había concebido hacia la casa al verla desde lejos no hizo más que crecer a medida que iba recorriendo con la mirada el panorama que se me presentaba. Fue imposible determinar cuál era la fuente que me inspiraba temor o desagrado; baste con decir que había algo vago en la atmósfera que me hacía pensar en reminiscencias de tiempos licenciosos, en la más crasa brutalidad, en situaciones que más valía sepultar en el olvido. Nada me invitaba a sentarme tranquilamente a esperar que cesara la lluvia, así que continué dando vueltas y examinando los objetos que había descubierto al entrar. Me llamó la atención un libro de formato mediano que estaba sobre la mesa; su aspecto era tan gutemberiano que sorprendía verlo fuera de un museo. Tenía encuadernación en cuero guarnecido en metal y su estado de conservación era excelente. Por cierto que no era cosa de todos los días encontrar semejante volumen en una casa tan modesta. Lo abrí y con sorpresa descubrí que se trataba de la descripción del Congo que hace Pigafetta a partir de las observaciones del marinero Lope; estaba escrito en latín y había sido impreso en Frankfurt en 1598.
Muchas veces había oído hablar de aquella obra, curiosamente ilustrada por los hermanos de Bry, así que absorto en su examen terminé por olvidar el malestar que me producía el lugar. Las ilustraciones eran verdaderamente singulares, decididamente inclinadas hacia la imaginación, con relativa fidelidad a las descripciones del texto: una presencia recurrente en ellos era la de los negros de piel blanca y rasgos caucásicos. Estuve un largo rato hojeando el precioso volumen y habría seguido así mucho más si una trivialidad no hubiese venido a fastidiarme y a revivir mi desasosiego. Me irritaba el hecho que, lo quisiera o no, el libro se abría siempre en la Lámina XII, una estremecedora representación en las caníbales Anziques. No dejé de avergonzarme por semejante exceso de susceptibilidad, pero en verdad subsistía la circunstancia que aquel grabado no me gustaba en lo más mínimo, especialmente en los detalles que referían la gastronomía anziqueña.
Lo dejé sobre la mesa y me volví hacia el estante que había advertido al comienzo. Había pocos libros, una Biblia del siglo XVIII, un Pilgrim’s Progress del mismo siglo ilustrado con burdos grabados de madera e impreso por el autor de almanaques Isaiah Thomas, un lamentable Magnalia Christi Americana de Cotton Mather y unos pocos volúmenes más de la misma época. De pronto todo mi cuerpo se tensó al escuchar el inconfundible sonido de pasos en la habitación de arriba.