Las mujeres, todas, son bonitas.
Algunas por tener las rodillas un poco dobladas hacía adentro. Caminan como patitos, y por lo general suelen tener nombre de flor, siempre silvestre. Otras porque con gafas están guapas, interesantes, erotiquísimas. Y sin ellas, tienen de repente unos ojos tan grandes que uno puede peinarse con la raya en medio en ellos a oscuras. Otras tienen mareas en el pelo los lunes a las seis de la mañana. Otras son de porcelana. De papel celofán. Otras son hadas. Pétalos. Peces. Guitarras.
Por subirse a unos tacones con los labios a juego. Por usar camisetas de los Beathles, sombrero de cowboy, por no teñirse el pelo, por tatuarse el nombre secreto de un planeta alrededor de un pezón, por gritar por la ventana que va a comerse el mundo.

Pero sólo una, sólo una, es la más bonita de todas.

Por muchas primaveras que nos sobren.