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Fue desgranando a lo largo de la tarde las más diversas estrategias. Componiendo milimétricamente el movimiento de sus ejércitos para próximas campañas, en futuras conquistas. Apelotonadas, amontonándose ardientes las ideas adelantaban el juicio, pateando a la palabra.
Atraídos por el interés que solo los muy iluminados son capaces de despertar, los ojos de la sala seguían todos atentos el despliegue de aquella disertación. Con el mismo calor del infierno, que se colaba por las hojas de la puerta del campo de batalla al abrirse, adhiriéndose al rojo de su casaca. Apenas podían levantarse de sus asientos cuando el inquietante sonido los iba llamando a filas.
Entregado, inmerso entre la lucidez y el disparate, tratando de ganar a aquella hora todavía la última batalla, no se reconoció en su nombre cuando sonó. El ya reducido auditorio de urgencias, aún pudo seguirle sobre coaliciones y destierros alejándose por el pasillo en confidencias a la joven médico residente que tuvo que venir a guiarlo...
eh! Napoleón, te toca.