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Había estado ese día por el cabo, buscando anémonas y moluscos en las charcas intermareales. Recuerdo aquel instante de sobresalto, el pequeño roce, como una mínima caricia en el dorso del pie. Medio sumergida fotografiando unas caeruleas que había pegadas a la pared del arrecife, sería entonces.


Por eso luego no me extrañó tanto.

Después de enjuagar las gafas y aletas de buceo con agua dulce, ahuyentando ya al fresco de la tarde hasta la última mota de arena en el objetivo de la canon. De fondo el caceroleo de Jorge en la cocina, que de nuevo se había acoplado a cenar. Justo ahí fue cuando me sorprendió, resbalando desde los flecos cortados desiguales del pantalón, como un chorrito de agua salada todavía.

Asistí solo con esa indolente laxitud veraniega de vino tinto al traslado. Como desde el borde del bolsillo de mis vaqueros, se iban asomando parsimoniosos sus ojitos atentos, resbalando hasta la teca del larguero en la silla.

Y como mi amigo a cenar, él se acopló a la rutina de mi vida..

Tampoco coincidimos mucho, no sé como entretiene el hueco de mis tiempos. Solo alguna vez lo pillé buscando a Lenon en yutube. Independiente, no suele acercarse por estos espacios secos de la casa, más de perderse en los patios y el jardín, también he notado que se encierra bastante en su baño. Siempre procura no llamar la atención cuando hay visitas, ellos hacen como que no lo ven.

No da ruido ninguno, y yo me he hecho a su presencia, más habitual y cotidiana que insólita.

Alguna vez viene y se sienta en el sofá, mirando con extrañeza como se escurren mis lágrimas delante de algún melodrama. Pero nunca, de más estuviera, ha hecho por acercar ni una de sus ventosas para coger el mando de la tele. Aunque diría que le gustan más las de risa.

Un día salimos. Bajó también hasta la playa, nos sentamos en el chiringuito con los pies, bueno, él los tentáculos, hundidos en la arena . Si se le habrá pegado pensé alguno de los gestos propios para ver pelis, diría que por el sifón se le escapaba como un suspiro.

Ya claro! procuro siempre irme a hurtadillas cuando salgo. Luego busco rastros en las baldosas, barruntando con aquella mirada de añorante deseo a las olas. Pendiente, como el que no quiere, de su vuelta


Como el mar, como cuando se sale del mar, y él tormentoso se empeña en no salir.